Un sábado, Jesús enseñaba en una sinagoga. Había allí una mujer poseída de un espíritu, que la tenía enferma desde hacía dieciocho años. Estaba completamente encorvada y no podía enderezarse de ninguna manera. Jesús, al verla, la llamó y le dijo: «Mujer, estás curada de tu enfermedad», y le impuso las manos.
Ella se enderezó en seguida y glorificaba a Dios. Pero el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús había curado en sábado, dijo a la multitud: «Los días de trabajo son seis; vengan durante esos días para hacerse curar, y no el sábado.»
El Señor le respondió: «¡Hipócritas! Cualquiera de ustedes, aunque sea sábado, ¿no desata del pesebre a su buey o a su asno para llevarlo a beber? Y esta hija de Abraham, a la que Satanás tuvo aprisionada durante dieciocho años, ¿no podía ser librada de sus cadenas el día sábado?»
Al oír estas palabras, todos sus adversarios se llenaron de confusión, pero la multitud se alegraba de las maravillas que él hacía.
Palabra del Señor
Comentario
«Con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu», decía el evangelio del domingo. Dios nos pide que podamos amarlo con todo. No con partes, no con algo, no con migajas, no con lo que nos sobra, sino con todo.
Empecemos esta semana –como decimos a veces– con todo: con todas las ganas, con todas las fuerzas, con todo el ánimo, con todo el amor que tengamos en el corazón. Podemos amar más y mejor siempre. Podemos amar a Jesús mucho mejor y más de lo que hoy lo hacemos. Podemos amar más y mejor a los próximos que tenemos en la vida. Podés amar más y mejor a tu marido, a tu mujer. Podés amar más y mejor a tus hijos que tanto lo necesitan. Podés escucharlos más, podés prestarles más atención. Podés amar más y mejor a tus compañeros de trabajo. Es verdad, siempre podemos amar mejor y más a nuestros conocidos y, especialmente, a los que nos cuesta, incluso a los que no son tan amables.
Solo Dios se merece todo. Solo él tiene derecho a pedirnos todo lo mejor de nosotros. Él nos enseña que tiene que ser «todo». No nos dice «mucho». El mucho se mide por cantidad, el todo… es todo. Por eso, el mucho de alguien puede ser poco para Dios, porque pudo no ser todo, y el poco de otro puede ser todo para Dios, porque no mezquinó nada. No es la cantidad lo que mide Dios, porque el amor no se mide por cantidad, sino que se mide por totalidad, por plenitud. Por eso el mandamiento principal, el más grande, es un mandamiento vivo, que se va gestando. Va creciendo en nuestro interior y nos va impulsando a ser cada día lo que Dios quiere que seamos. No es para asustarnos. Es para alegrarnos y animarnos a vivir lo que Dios tiene preparado para cada uno de nosotros cuando no le mezquinamos el corazón, cuando estamos para él y solo para él, viéndolo en los demás.
Decía así: «La realidad es superior a la idea». Esta frase creo que ayuda mucho a ir al núcleo de Algo del Evangelio de hoy, porque ante Jesús hay ciertas personas que no lo aceptaban, que no aceptaban la realidad. Personas que no aceptan lo que no entraba en sus esquemas lógicos –como pasa hoy–. Y la cerrazón puede llegar hasta tal punto –como hoy, por ejemplo–, de rechazarlo porque hizo el bien en un día sábado. Rechazan que pueda hacer el bien en el día que según la ley de los judíos era un día de descanso. Para ellos, sin darse cuenta, la ley estaba por encima de las personas y de sus necesidades y por eso se «indignaban»; porque, en el fondo, no entendían el sentido de la ley de Dios, que es amar al prójimo. Toda una imagen y ejemplo de tantas cerrazones nuestras también, que muchas veces queremos controlarlo todo. Actitudes que podemos tener que a veces dominándolo todo y pretendiendo que las ideas, los razonamientos, lleguen incluso a manipular y querer cambiar inmediatamente las cosas, las personas y la realidad.
Es cierto que la realidad podemos cambiarla o ir cambiándola con ideas, pero es más cierto aún que las ideas tienen que partir de la realidad para, desde ahí, poder conducirla. Y eso es lo que Jesús hace hoy. Él no vino a abolir la ley, a «tirarla» por el balcón, sino que vino a enseñarnos a entenderla y a interpretarla. Y por eso la cumplió primero. Y por eso a la hora de hacer el bien para Jesús lo importante era la persona, hacer el bien a la persona que tenía enfrente. El dolor de esta mujer para Jesús fue más importante que la «idea» de que en el sábado no se podía hacer nada.
Pensemos si a veces nosotros no somos más idealistas, que realistas. Es peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de las ideas, de las imágenes, de lo que «tiene» que ser y no es, de lo que «debería» haber sido y no fue, que le dije que hiciera y no hizo, de lo que quiero hacer y no hago nunca. A veces nos puede pasar que vivimos en el mundo de las anheladas intenciones jamás puestas en práctica. Y entonces: ¿cuál es la realidad de nuestra vida? Lo que somos, con nuestras actitudes, con nuestras virtudes y con nuestros pecados también.
La realidad es que mi familia es la que tengo, la que Dios me regaló, mi marido y mi mujer que yo elegí y debo seguir eligiendo. La realidad es que tengo los hijos que tengo y que Dios me dio, que son como son. La realidad es el trabajo que nos tocó o que elegimos y nos da de comer todos los días, o la falta de trabajo. La realidad es la Iglesia que tenemos, no la que desearíamos. El grupo de oración que formo, el grupo de la parroquia, la universidad, la carrera que elegí, mi propia vida de fe. Aceptemos la realidad primero para poder cambiarla.