Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos”.
El les dijo entonces: “Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino; danos cada día nuestro pan cotidiano; perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a aquellos que nos ofenden; y no nos dejes caer en la tentación”.
Palabra del Señor
Comentario
Cuanto más se aleja el agua de su fuente, más se llena de impurezas y, por lo tanto, más necesario es purificarla y descubrir su verdadera pureza, su verdadera limpieza. ¿Probaste alguna vez el agua de una vertiente? Aunque el agua no tiene sabor, te aseguro que cuando la bebés desde su fuente, da la sensación de que tiene, de alguna manera, algo especial, es inigualable. La frescura de la ley de Dios se va perdiendo en la medida que la historia y nosotros, con nuestras debilidades y tradiciones desgajadas de su origen, sin querer vamos impregnándola de durezas, la vamos tapando con las cáscaras de nuestro corazón. Jesús, de alguna manera, les dijo eso a los fariseos: «Pero desde el principio de la creación». Como diciendo «el agua se llenó de impurezas» a lo largo del tiempo, pero antes no era así, Dios no quería eso. Ese el gran peligro, fue finalmente lo que le pasó al pueblo judío y que por sus tradiciones humanas se olvidaron del mandamiento de Dios. Es lo que pasa hoy en el pueblo de Dios, de la Iglesia, a vos y a mí, que por aferrarnos a tradiciones humanas o a estilos culturales de nuestro tiempo nos olvidamos de lo esencial del evangelio. Es duro decirlo, pero es así, tenemos que aceptarlo: tenemos el corazón duro.
Me da tristeza y a veces hasta enojo cuando, por sonseras, por cuestiones personales vacías de contenido, ponemos trabas al amor de Dios, de los que se acercan con frescura a la Iglesia. Una vez alguien que estaba dejando las drogas, iba con mucha alegría a misa semanal para encontrarse con Jesús con frescura, con decisión, por amor. Hasta que alguien de la comunidad, sin querer o no sé cómo fue, se acercó para decirle que al padre no le gusta que vengas con esa remera a misa. ¡Qué increíble! ¿Hasta dónde puede llegar nuestra dureza de corazón sin comprender el mensaje del evangelio? También me da tristeza e incluso enojo cuando escucho sacerdotes o laicos que por hacer un Dios más cercano, también adulteran, falsifican el evangelio de Jesús, haciendo de nuestra fe una oferta vacía de verdad, simplemente por «quedar bien», por no ser rechazados por nadie y, finalmente, no terminan haciendo ni una cosa ni la otra; porque si no predicamos al verdadero Jesús, de nada sirven nuestras palabras. Los dos extremos, de alguna manera, son dureza del corazón, porque se olvidan del origen, del verdadero deseo de Dios, para el bien del hombre, para su felicidad.
Creo que hoy es un día muy particular para transformar esta escena de Algo del Evangelio, estas palabras de Dios en oración, que en realidad es lo que siempre quiero para vos y para mí cada día, que todos los días podamos escuchar a Dios a través de su Palabra, para que, escuchando, podamos responderle. ¿Te das cuenta de esa maravilla? Y respondemos a veces como podemos; con palabras propias, otras veces con palabras espontáneas, alguna vez le respondemos a Dios con una mirada al cielo, con un suspiro, con un pensamiento o con un grito de reconocimiento de amor –como decía santa Teresita– que puede surgir tanto de la prueba como de la alegría. Por eso hoy te propongo que podamos decirle a Jesús cada uno desde el fondo del corazón: «Enseñame a orar, enseñame a rezar; enseñame a reconocerte, a disfrutarte, a darme cuenta que estás». Eso es la oración finalmente, darnos cuenta que Dios está siempre: «Enseñanos a escuchar al Padre, enseñame rezar como rezabas, mientras estuviste con nosotros en la tierra».
Hoy el Evangelio se hace oración porque es el mismo Jesús, el mismo Señor que con sus palabras nos enseña hacia dónde tiene que estar orientado nuestro corazón. Pero hoy no pretendo que analicemos cada petición del Padre Nuestro, que sería muy extenso; para eso te recomiendo que leas en el Catecismo de la Iglesia el número 2759 al 2854, ahí está explicado maravillosamente lo que es el Padre Nuestro. Hoy digamos juntos: «Jesús, enseñanos a orar.
Necesitamos la oración como el aire de nuestros pulmones, necesitamos darnos cuenta que sin escuchar al Padre vamos experimentado una orfandad del corazón, aunque él nunca nos deje y no deja jamás de ser nuestro Padre. Enseñanos a caer en la cuenta que somos hijos; que siendo todos hijos, somos hermanos. Enseñanos a rezar en este día de oración que hoy nos enseñaste». Porque la oración finalmente es un don; no es simplemente una obligación, algo que tenemos que hacer. Como nos enseñaron a veces, eso de que hay que «cumplir» con la oración, que hay que rezar. ¡No!, la oración debe convertirse en una necesidad. «Señor, regalanos el don de necesitar escucharte y hablarte»; porque eso es rezar, eso es orar: escuchar y hablar, dialogar como un hijo habla con su Padre; y con Jesús, como con un amigo, y con el Espíritu Santo que habita en nosotros y nos mueve desde adentro enseñándonos a clamar –como decía san Pablo– «Abba», es decir, Padre, Papá.
Hoy tomémonos cinco o diez minutos y miremos al cielo, miremos algo de la creación de nuestro Padre, algo de lo que él hizo por nosotros. Recitemos el Padre Nuestro como nunca antes lo hayamos hecho; recitémoslo al ritmo del corazón y no al de los labios que muchas veces repiten sin saber qué es lo que dicen. No repitamos, digámoslo, pensémoslo, escuchemos lo que decimos, imaginemos lo que rezamos, sintamos lo que pensamos. Y terminemos agradeciendo la simplicidad y la sencillez de esta oración; la oración más completa, más plena, más necesaria de todo cristiano, de todo hijo de Dios.
¡Gracias, Jesús, por enseñarnos a orar, gracias por dejarnos el Padre Nuestro; gracias por permitirnos llamar a Dios como «Padre», siendo tu Padre, como nuestro Padre! ¡Gracias por hacernos hijos, gracias por habernos compartido tu filiación divina!