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VI Miércoles durante el año

Cuando Jesús y sus discípulos, llegaron a Betsaida, le trajeron a un ciego y le rogaban que lo tocara. El tomó al ciego de la mano y lo condujo a las afueras del pueblo. Después de ponerle saliva en los ojos e imponerle las manos, Jesús le preguntó: «¿Ves algo?» El ciego, que comenzaba a ver, le respondió: «Veo hombres, como si fueran árboles que caminan.»

Jesús le puso nuevamente las manos sobre los ojos, y el hombre recuperó la vista. Así quedó curado y veía todo con claridad. Jesús lo mandó a su casa, diciéndole: «Ni siquiera entres en el pueblo.»

Palabra del Señor

Comentario

El grito más profundo del fondo del corazón de todo ser humano, de tantos hombres que vivieron esta tierra a lo largo de toda la historia, de los que están viviendo ahora; el grito más profundo es: quiero ser feliz, quiero vivir en paz; pero en el fondo más profundo todavía de ese grito, valga la redundancia, es: quiero ser amado, quiero sentirme seguro del amor de otros. Pero que en definitiva como este mundo está también tan lleno de incomprensiones y de injusticias, porque también del corazón salen las maldades, porque el pecado original dejó esa gran herida en todos nosotros, no podemos sentirnos amados como quisiéramos. De ahí viene la gran respuesta, de ahí viene Dios que se hace hombre a enseñarnos, primero, que somos amados por el Padre; que esa seguridad, que esa felicidad que anhelamos y que las ponemos en las cosas, en el poder, en el tener o en el aparentar algo distinto hacia afuera, en definitiva, está en nuestro Padre. Somos amados. Las bienaventuranzas que Jesús proclamaba el domingo son una respuesta a ese deseo de felicidad. ¿Dónde estamos poniendo la felicidad? Felices los pobres de corazón, aquellos que se dan cuenta que son amados por el Padre y que después «todo lo demás vendrá por añadidura».

¿Te diste cuenta del detalle de hoy? Algo del Evangelio dice así: «…tomó al ciego de la mano y lo condujo a las afueras del pueblo». Un milagro de Jesús, diríamos nosotros, personalizado o por «cuotas», también. Primero, le puso saliva y le impuso las manos, pero parece que no alcanzó, tuvo que imponerle las manos otra vez para que pueda ver definitivamente. ¡Qué extraño!, ¿no? Pero al mismo tiempo qué interesante, qué lindo. Para rezar y pensar muchas cosas. ¿Por qué habrá pasado eso? Por la falta de fe de este hombre, Jesús quiso mostrar algo distinto.

Jesús a veces elige darle a cada uno lo que necesita, diría que a veces no, elige dar a cada uno lo que necesita en el lugar que él sabe que es mejor, a veces sin nadie –como en este caso–, «a las afueras del pueblo», a las afueras de este mundo alocado, sin gente, sin chusmas –como decimos–, sin «mirones», sin molestias de otros. Jesús por ahí con nosotros está haciendo lo mismo, nos está llevando de la mano a donde él quiere, nos conduce a donde él quiere, y aunque nosotros no comprendemos bien por qué no nos da lo que pedimos ahora incluso, él lo hace así, lo quiere así, sabe qué es lo mejor para vos y para mí. ¿No estará haciendo lo mismo con vos y conmigo, en silencio, ahora, mientras escuchamos este audio, sin que nadie lo sepa, pero de la mano; en el silencio de un oratorio, en el silencio de tu viaje, en el silencio de tu hogar cuando ya todos se fueron? ¿No será que Jesús está haciendo lo mismo con vos y conmigo? ¿No será que no tenemos que desesperar, que tenemos que confiar, que nuestra ceguera él en definitiva la curará? ¿No es más lindo también un milagro «personalizado», sin que nadie lo vea, sin las luces de este mundo que le gusta publicitar todo? Tiene también su encanto.

¿Y por qué por cuotas, por etapas?, nos podríamos preguntar. Bueno, eso mejor hay que preguntárselo a él, pero mirémoslo desde nuestro corazón. ¿No será que a veces nos falta fe? ¿Qué le habrá pasado en el corazón a este ciego? ¿No será que también tenía que sanar su mirada interior y dejar de ver a la gente como si fueran árboles, objetos y no personas? ¿No será que Jesús también quiere curar nuestras «ansias» de que todo sea ya, inmediato, de que todo sea en un clic? Bueno, muchas preguntas hice hoy. Alguna por ahí nos encaja bien al corazón. Por ahí la mejor pregunta es la que te tenés que hacer vos mismo o yo mismo. ¿No será que la curación de nuestra ceguera también es un proceso, como todo en la vida, y que es lindo ver cómo nuestro Maestro nos acompaña de la mano hasta que podamos ver bien?

Mientras tanto, luchemos interiormente para dejar de ver a los hombres, a nuestros más queridos, a los que andan por ahí, a los que están en la calle, a los más pobres, a los menos queridos, como «si fueran árboles que caminan».

Son hijos de Dios, como vos y como yo, son hermanos nuestros, y nos perdemos de algo si no vamos aprendiendo a mirarlos bien. Que Jesús nos lleve, nos conduzca de la mano a donde él quiera, para curarnos definitivamente de nuestras cegueras.