Los discípulos se habían olvidado de llevar pan y no tenían más que un pan en la barca. Jesús les hacía esta recomendación: «Estén atentos, cuídense de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes.» Ellos discutían entre sí, porque no habían traído pan.
Jesús se dio cuenta y les dijo: «¿A qué viene esa discusión porque no tienen pan? ¿Todavía no comprenden ni entienden? Ustedes tienen la mente enceguecida. Tienen ojos y no ven, oídos y no oyen. ¿No recuerdan cuántas canastas llenas de sobras recogieron, cuando repartí cinco panes entre cinco mil personas?»
Ellos le respondieron: «Doce.»
«Y cuando repartí siete panes entre cuatro mil personas, ¿cuántas canastas llenas de trozos recogieron?»
Ellos le respondieron: «Siete.»
Entonces Jesús les dijo: «¿Todavía no comprenden?»
Palabra del Señor
Comentario
Claramente si hay algo que compartimos con todo ser humano, tengamos más o menos fe, o incluso no tengamos fe, o incluso si conocemos una persona de otro credo, con otras raíces, con otros fundamentos, con otras aspiraciones; si hay algo que compartimos… Lo que quiero decir es que todos estamos hechos para la felicidad. Ningún ser humano, si le preguntamos si quiere o no ser feliz, nos responderá que no quiere. Claramente todos queremos ser felices. El tema es qué comprendemos o qué entendemos cada uno de nosotros por felicidad o qué buscamos cuando hablamos de felicidad. Por eso, el Evangelio del domingo, las bienaventuranzas son una y mil veces más el recuerdo de lo que Dios quiere para nosotros y de lo que nos enseña a cada uno de nosotros sobre qué es la felicidad. En definitiva, el hombre erra el camino de la felicidad. Tampoco podemos ser tan necios, se puede comprobar con datos incluso. ¿Por qué tanta gente tiene todo lo que quiere o alcanza las cosas que quiere y sin embargo no termina de ser feliz? ¿Y por qué, al revés, hay gente que no tiene todo lo que el mundo nos propone tener y sin embargo puede ser feliz? Bueno, continuaremos con este tema en estos días.
Algo del Evangelio de hoy nos puede ayudar a entender qué es lo que nos pasa muchas veces o qué es lo que les pasa a tantos cristianos, hombres y mujeres, que no terminan de vivir su fe con verdadera alegría. Jesús dice así a sus discípulos: «¿Todavía no comprenden ni entienden? Ustedes tienen la mente enceguecida. Tienen ojos y no ven, oídos y no oyen. ¿No recuerdan cuántas canastas llenas de sobras recogieron, cuando repartí cinco panes entre cinco mil personas?». Las palabras de Jesús suenan duras, pero son así de reales. ¿No será que nos pasan tantas cosas en la vida o no aceptamos tantas cosas porque no recordamos, porque no terminamos de comprender y entender la Palabra? Los discípulos habían terminado de estar en la multiplicación de los panes más grande de la historia y después se estaban preocupando por si les iba a alcanzar o no con un pan para todos. Parece gracioso, incluso una ironía de la Palabra de Dios, pero no lo es. Realmente les pasó eso, realmente nos pasa eso.
Nos olvidamos de lo vivido, nos olvidamos del don recibido, nos olvidamos que somos hijos y que nunca nos faltará nada, y terminamos peleándonos por quién podrá comer y quién no. Nos olvidamos que somos hermanos y entonces nos ponemos a discutir cuando vemos que no alcanza, porque no confiamos en que el otro es hermano también. ¿Entendemos? En el fondo, nos olvidamos de nuestra condición de hijos y hermanos. Si nunca olvidáramos que nuestro Padre del Cielo jamás nos dejará sin lo necesario para vivir de su amor; si jamás olvidáramos que así como Dios cuida de los animales y las aves del cielo, es imposible que él nos deje de cuidar, no nos detendríamos en peleas que no tienen sentido, no nos pondríamos a discutir por un poco de pan. ¡Qué poca memoria tenemos! ¡Qué rápido nos olvidamos de que si sabemos compartir, si ponemos amor de nuestra parte, si nosotros hacemos lo que otros no pueden hacer, jamás nos faltará nada, al contrario, siempre va a sobrar amor de Dios!
¿Ya nos olvidamos de todo lo que Dios nos dio a lo largo de la vida? ¿Ya nos olvidamos de que hace muy poco nada más Jesús multiplicó los panes frente a vos y frente a mí? ¿Tan rápido nos olvidamos de este milagro? ¿Ya nos olvidamos de aquella vez que nos animamos a poner un poco de nuestra parte y de golpe todo fue mejor, todo se disfrutó, todo salió más lindo? ¿Ya nos olvidamos de que la multiplicación de los panes es el milagro continuo de Jesús cuando sabemos poner amor en cada cosa, cuando él se entrega en la Eucaristía por nosotros, cuando aún con nuestros pecados él siempre nos perdona? ¿Nos pusimos a pensar alguna vez la cantidad de amistades, conocidos y hermanos que llegaron a nuestra vida gracias a la fe, a que Jesús siempre multiplica todo? ¿Todavía no comprendemos ni entendemos? No nos perdamos tanto amor del Padre por andar peleando y discutiendo.
No nos perdamos tanto amor de hermanos por andar mirando si nuestra estómago está un poco más lleno. Ser hijo y hermano es mucho más que una simple comida, es compartir nuestra vida con amor, llevando a Jesús con los demás!