Cuando Jesús volvía de la región de Tiro, pasó por Sidón y fue hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis.
Entonces le presentaron a un sordomudo y le pidieron que le impusiera las manos. Jesús lo separó de la multitud y, llevándolo aparte, le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua. Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: «Efatá», que significa: «Ábrete.» Y enseguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua y comenzó a hablar normalmente.
Jesús les mandó insistentemente que no dijeran nada a nadie, pero cuanto más insistía, ellos más lo proclamaban y, en el colmo de la admiración, decían: «Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»
Palabra del Señor
Comentario
Por supuesto que cuando caminamos, nos cansamos. Esto es algo que no podemos dejar de hablar. El camino de la vida tiene incluido muchos cansancios, muchos deseos de dejar, muchos deseos de sentarnos y no levantarnos más. En el camino, ese entusiasmo del comienzo muchas veces se transforma en tedio, en preguntarnos: ¿Para qué estoy caminando? ¿Voy a llegar en algún momento? ¿Tiene sentido lo que estoy haciendo? Bueno, si eso nos pasa caminando cuando hacemos algo que nos gusta, ¿cómo no nos va a pasar con la fe también, con nuestra vida espiritual?, donde tantas veces nos hemos preguntado esto: ¿Vale la pena lo que estoy haciendo, si mientras yo estoy caminando veo que otros hacen otra cosa? Cuando peregrinamos, también vemos que el mundo está en otra cosa. Mientras nosotros vamos hacia un lugar, nos pasa la gente, nos mira, nos puede incluso saludar: algunos con buen corazón, otros nos miran incluso con desprecio; y nos damos cuenta que mientras nosotros vamos hacia una meta, los demás están en otra cosa. Bueno, lo mismo nos pasa con la fe, ¿no te pasó alguna vez? No te preguntaste…? ¿Vale la pena esto que estoy haciendo? ¿Vale la pena luchar y luchar? ¿Tiene sentido? ¡Qué ganas a veces de tirarnos al costado del camino y no levantarnos más! Sin embargo, tenemos que volver a decir: ¡Vale la pena cada paso que damos!, porque llegamos gracias a cada paso que damos. Cada esfuerzo que hacemos en el caminar, ¡vale la pena!, aunque nadie lo vea, aunque nadie se dé cuenta.
Seguramente alguna vez lo experimentaste, estabas muy cansado, muy cansada y seguiste caminando, seguiste poniendo esfuerzo y te diste cuenta que, cuando llegaste, valió tanto la pena. ¡Qué lindo que es llegar! ¡Qué lindo que es llegar y tener también nuestro merecido descanso!
En el camino de la fe, Jesús nos enseña que sí, nos podemos frenar a descansar, pero no nos podemos detener, no nos podemos quedar al costado del camino esperando no sé qué. ¡Levántate! Si estas tirado, tirada, ¡levántate!, seguí caminando que vos podés.
Algo del Evangelio de hoy, con la curación de este hombre sordomudo, tiene mucho para enseñarnos. El hablar tiene mucho que ver con el escuchar. No hablamos bien cuando no hemos escuchado bien en la vida. Los sordos de nacimiento también son mudos. Por no haber escuchado nunca las palabras, no saben pronunciarlas, no saben emitir los sonidos que forman las palabras; pero ellos no tienen la culpa, y finalmente se hacen entender de alguna forma. Pero los peores podemos ser nosotros, los que formamos muy bien las palabras. Somos muy educados, nos enseñaron a escribir, a leer y a decir las cosas, pero en el fondo muchas veces no sabemos escuchar con el corazón, somos un poco «sordos del corazón».
La sordera del corazón, que se manifiesta exteriormente, es uno de los peores males. Es la que produce todas las peleas, divisiones, rencillas, complicaciones, rencores, malos entendidos, calumnias, difamaciones y tantas cosas más en nuestras vidas; porque en realidad no sabemos escuchar, estamos a veces un poco sordos, o bien escuchamos lo que queremos. Nos perdemos de oír las cosas lindas y a veces nos habituamos a oír cosas malas. Por eso, de nuestro corazón salen las cosas que nuestros oídos escuchan, de nuestros labios salen las palabras que pueden no hacer bien, porque en el fondo nos hemos alimentado de pesimismo. Nos perdemos de escuchar todos los días con detenimiento las cosas lindas que nuestro Padre del Cielo nos quiere decir, por andar escuchando tantas sonseras, tantas malas noticias, tantas noticias sin sentido, noticias frívolas, y así nos pasamos los días usando nuestros oídos en cosas que no tienen sentido. Nos podemos perder de decir cosas lindas a los que lo necesitan, por andar soltando nuestra lengua en palabras vacías, que molestan, que se quejan, que critican y pretenden resolver los problemas del mundo por un momento de charla.
El mundo no se mejora con palabras y quejas. El mundo se mejora caminando y trabajando con un corazón ardiente.
La familia se mejora escuchándola, no se mejora mostrándole todo lo malo. La Iglesia no se mejora –como hacen algunos, incluso consagrados– con «incontinencia verbal», diciendo todo lo malo que hay, sino que se mejora la iglesia con el amor incondicional y con la entrega, con el caminar silencioso, con el amor profundo que nadie ve, como hicieron los santos.
¡Qué lindo que es terminar este audio o este día e imaginar que Jesús mire al cielo, suspire y diga sobre nosotros, sobre vos, sobre mí: «Efatá, ábrete. Que se abran tus oídos para que puedas escuchar todo lo lindo que tengo para decirte, todo lo lindo que dicen de vos, todo lo lindo que te andas perdiendo por no saber escuchar»! Que se abran nuestros oídos para que se nos suelte la lengua y comencemos a hablar normalmente, como deben hablar los hijos de Dios, como hablan aquellos que se dieron cuenta que son luz y sal de la tierra y tienen mucho que dar y amar a los demás.