En esos días, volvió a reunirse una gran multitud, y como no tenían qué comer, Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Me da pena esta multitud, porque hace tres días que están conmigo y no tienen qué comer. Si los mando en ayunas a sus casas, van a desfallecer en el camino, y algunos han venido de lejos.»
Los discípulos le preguntaron: «¿Cómo se podría conseguir pan en este lugar desierto para darles de comer?»
Él les dijo: «¿Cuántos panes tienen ustedes?»
Ellos respondieron: «Siete.»
Entonces él ordenó a la multitud que se sentara en el suelo, después tomó los siete panes, dio gracias, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que los distribuyeran. Ellos los repartieron entre la multitud. Tenían, además, unos cuantos pescados pequeños, y después de pronunciar la bendición sobre ellos, mandó que también los repartieran.
Comieron hasta saciarse y todavía se recogieron siete canastas con lo que había sobrado.
Eran unas cuatro mil personas. Luego Jesús los despidió. En seguida subió a la barca con sus discípulos y fue a la región de Dalmanuta.
Palabra del Señor
Comentario
La vida moderna que vivimos, la mayoría de las personas de la tierra con sus bondades, también tiene cosas que tenemos que reconocer que nos han alejado de cuestiones muy humanas, que siempre la humanidad vivió y que en definitiva mal no le hacía, por ejemplo, la capacidad de sacrificarnos, de entregarnos, de luchar por objetivos y que eso nos cueste la piel, como se dice. Por eso, y terminando ya con esta imagen del caminar, del camino –porque somos seguidores del camino, vos y yo–, creo que es bueno que reconozcamos que la vida «fácil» que se nos planteó hoy, tantas comodidades que tenemos que nos han ayudado muchísimo, también nos han alejado de algo que no podemos perder, que es la capacidad de entregarnos, de superarnos. Jesús caminó, vivió como un hombre. Jesús caminó bajo el sol con sus discípulos, Jesús también tuvo frio, Jesús también sufrió el cansancio, Jesús también supo renunciar a sus comodidades para alcanzar algo mejor.
Por eso, vuelvo a insistir, el caminar nos pone en un lugar que no deberíamos olvidar. Somos peregrinos en la tierra, vamos hacia la meta del cielo, y en esa meta tenemos que aprender a despojarnos de nosotros mismos para alcanzar ese fin. En esa meta vamos encontrando compañeros y compañeras de camino que también tenemos que aprender a ayudar, a animar. Por eso la Iglesia es una comunidad en camino, por eso vos y yo hoy animémonos a levantarnos el ánimo mutuamente, digámonos juntos: ¡Vamos! Tenemos mucho por caminar, tenemos mucho por descubrir. Dejemos atrás el lastre que nos detiene, que no nos deja ser libres.
Aprendamos a despojarnos del pecado que nos esclaviza; despojémonos también de las cosas que creíamos que eran tan necesarias y finalmente nos atan a la tierra, si en definitiva, cuando lleguemos a la meta, cuando nos toque partir de este mundo, no nos vamos a llevar nada. Entonces ¿para qué cargar tanto? Andemos ligeros y terminemos esta semana felices de ser seguidores del Camino, sabiendo que Jesús es el Camino, es nuestra Verdad y nuestra Vida.
Siempre sobra, siempre sobra cuando se trata de las cosas de Dios. Cuando Jesús está en medio de nosotros, en nosotros, cuando camino con nosotros, jamás nos va a faltar lo esencial para vivir. Cuando falta, en realidad es porque Jesús no está ahí, no porque no quiere, sino porque alguien no le dio lugar, alguien le cerró la puerta. Dice el libro del Apocalipsis: «Yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos» (Ap. 3,20). Solo es cuestión de dejarlo pasar. Cuando Jesús entra en un corazón, jamás faltará lo necesario para vivir en paz, o sea, para vivir el amor.
La Madre Teresa, no refiriéndose a este Evangelio, pero sí creo que cae como anillo al dedo, decía: «Yo hago lo que usted no puede, y usted hace lo que yo no puedo. Juntos podemos hacer cosas grandes». Cada uno debe hacer lo que puede y los otros deben hacer lo que uno no puede, pero con esos «podemos», se pueden hacer muchas cosas que ni calculamos, que ni pensamos. ¡Qué emoción cuando uno se pone a pensar esto con fe y profundidad! ¡Esto es la Iglesia! ¡Qué maravilla cuando nos damos cuenta que la multiplicación de los panes, es el milagro continuo del amor de Jesús que se comparte y se derrama abundantemente a lugares impensados, a corazones que nunca imaginamos!
En Algo del Evangelio de hoy, el milagro de la multiplicación de los panes pasó verdaderamente, no como algunos tratan de negar todavía diciendo que es un escrito simbólico. Es una pérdida de tiempo en realidad detenernos en esos análisis que le faltan fe. Jesús lo hizo y lo sigue haciendo. Jesús lo hace a cada minuto, en cada rincón del mundo, cuando creemos en su amor, cuando confiamos en su Palabra, cuando nos abandonamos a su obra, cuando no nos adueñamos de su amor, cuando nos animamos a escuchar esto cada día, pero al mismo tiempo levantamos el corazón para ver que hay miles de «hambrientos», como nosotros, que necesitan del «pan de Jesús», del pan material, del pan de una vida más llevadera, más digna.
¿Pensamos que tenemos que tener mucho para convertirnos en pan para los demás? ¿Pensamos que tenemos que saber mucho para hablar de nuestro buen Jesús? Eso no es así. Vos y yo somos luz y sal. Llevamos en nuestro interior el tesoro y la capacidad de amar, no hay que dar más vueltas. Cuando damos vueltas es porque erramos el camino, porque no nos damos cuenta de que ya tenemos en el corazón todo para dar. No hay que ir a buscar pan para todos a todos lados, hay que dar lo que se tiene y eso se multiplica. Así de sencillo. ¿Nos parece extraño? ¿Será porque todavía no experimentamos que el amor de Jesús siempre es desbordante? Si ya lo hacés, afírmate en esta maravilla multiplicadora. Si todavía no lo hiciste, pensá en alguien que pueda hacer «lo que vos no podés» y ponete a hacer «lo que otros no pueden», así es como se van uniendo los eslabones de la cadena y se llega a donde jamás hubieses pensado.
Siempre sobra, siempre sobra cuando se trata de las cosas de Dios. Cuando Jesús está en medio de nosotros, cuando le abrimos la puerta del corazón para cenar con él todos los días, cuando caminamos hacia él, nunca nos faltará lo necesario para vivir y para amar.