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V Martes durante el año

Los fariseos con algunos escribas llegados de Jerusalén se acercaron a Jesús, y vieron que algunos de sus discípulos comían con las manos impuras, es decir, sin lavar. Los fariseos, en efecto, y los judíos en general, no comen sin lavarse antes cuidadosamente las manos, siguiendo la tradición de sus antepasados; y al volver del mercado, no comen sin hacer primero las abluciones. Además, hay muchas otras prácticas, a las que están aferrados por tradición, como el lavado de los vasos, de las jarras y de la vajilla de bronce.

Entonces los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: «¿Por qué tus discípulos no proceden de acuerdo con la tradición de nuestros antepasados, sino que comen con las manos impuras?»

El les respondió: «¡Hipócritas! Bien profetizó de ustedes Isaías, en el pasaje de la Escritura que dice: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinde culto: las doctrinas que enseñan no son sino preceptos humanos. Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres.»

Y les decía: «Por mantenerse fieles a su tradición, ustedes descartan tranquilamente el mandamiento de Dios. Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre, y además: El que maldice a su padre y a su madre será condenado a muerte. En cambio, ustedes afirman: “Si alguien dice a su padre o a su madre: Declaro corbán -es decir, ofrenda sagrada- todo aquello con lo que podría ayudarte…” En ese caso, le permiten no hacer más nada por su padre o por su madre. Así anulan la palabra de Dios por la tradición que ustedes mismos se han transmitido. ¡Y como estas, hacen muchas otras cosas!»

Palabra del Señor

Comentario

Decíamos ayer que siempre cuando comenzamos un camino –seguramente te pasó alguna vez–, esos comienzos son promisorios, son prometedores, nos llenan de entusiasmo y de ganas, porque todo recién comienza. Por eso, cuando empezamos a caminar, nos vamos dando cuenta que, en definitiva, caminar es conocer también; porque, cuando caminamos, salimos de nosotros mismos y emprendemos una ruta que, aunque incluso la hayamos hecho alguna vez, siempre es nueva, siempre es todo nuevo cuando caminamos, si aprendemos a levantar la cabeza. Y así es como vamos abriéndonos a cosas nuevas. Cuando caminamos, si caminaste alguna vez en una peregrinación o en la montaña, o lo que sea, te habrás dado cuenta que vas conociendo la obra de Dios, que se manifiesta en la creación, en la naturaleza; se manifiesta en nosotros, porque muchas veces caminamos con otros y vamos conversando y nos vamos conociendo, vamos abriendo nuestro corazón y, por supuesto, también vamos conociendo a Dios, a Jesús, en nuestro corazón, porque también, cuando caminamos, tenemos momentos de silencio y aprendemos a escucharnos a nosotros mismos y a escuchar la voz de Dios en nuestro corazón. Por eso hay que caminar, porque solo caminando vamos descubriendo las maravillas que Dios nos tiene preparadas para nuestra vida.

Algo del Evangelio de hoy habla de la hipocresía de los fariseos, que terminaron reemplazando el mandamiento de Dios por tradiciones de los hombres, por tradiciones hechas por ellos. Jesús se enoja al ver que «el pueblo lo honra con los labios, pero no con el corazón». Y este es el peligro de todos los hombres, de todos los hombres religiosos, de todo católico, tanto del que se cree mejor por estar cumpliendo todo lo que supuestamente hay que cumplir y por estar aferrado a las cosas del pasado –que parece para muchos que son mejores– como el que desprecia lo anterior por el solo hecho de ser viejo, como dicen, y, al mismo tiempo, termina creándose sus propias tradiciones actuales, pero tradiciones al fin, hechas a su medida. Vamos por partes. El problema no es en sí el mandamiento entonces, por supuesto; el problema es que olvidamos el mandamiento de Dios, el pueblo judío olvidó el mandamiento de Dios y nosotros también lo olvidamos y vamos armando sin querer nuestro propio «castillito espiritual». El problema no es que el sol no está cuando está nublado, sino que lo están tapando las nubes. El problema no es que haya tradiciones humanas que son inevitables, sino que nosotros hacemos de las tradiciones «el sol» y no nos damos cuenta que las tradiciones son como las nubes que van y vienen, que van cambiando de forma, que desaparecen y aparecen, y le dan un poco de color al cielo.

Ahora, ¿qué hacemos entonces? ¿Hacemos desaparecer las nubes para ver siempre el sol? Y la verdad es que no se puede; las nubes existen y sirven porque además nos dan sombra a veces, son lluvia linda que empapa la tierra. Las nubes además embellecen el cielo, lo hacen bastante más lindo. Las tradiciones humanas que nos vamos transmitiendo, de alguna manera, «adornan» nuestra fe, por decirlo así, y nos hacen verla un poco más linda, vivirla con más intensidad; pero no son la fe, no son el sol, sino que nos ayudan.

Sería mucho más largo de explicar, no sería para este audio, pero de paso te cuento que, además, hay que aprender a distinguir entre Tradiciones o Tradición con mayúscula, que son las que nos vienen directamente de Jesús y de los apóstoles y no podemos cambiar, y tradiciones con minúscula, que son las que son creadas por nosotros, por la Iglesia y que podemos ir cambiando siempre bajo la autoridad de la Iglesia.

Y a esta se refiere Jesús en el Evangelio de hoy, a las tradiciones con minúscula, a las que se pueden cambiar.

Lamentablemente esta palabra (tradición) está un poco mal usada, tanto para el que le gusta mucho y la usa para aferrarse al no cambiar –esto lo vemos en los mal llamados, creo yo, «tradicionalistas»– como para el que las desprecia y critica lo tradicional, pero finalmente se aferra a su nueva tradición, creada por él mismo, por otros, que es la del cambio por el cambio mismo; un cambio a veces infantil, sin criterio, un cambio solo por capricho personal.

Tanto el que se aferra al pasado solo por el hecho de que todo lo anterior fue mejor, solo por pensar que todo lo de ahora es malo, como el que cambia por cambiar y rechaza todo lo antiguo; ambos no comprenden lo que significa lo «tradicional», ambos dejaron que las nubes le tapen el sol y se olvidaron del sol y, además, se quedaron peleando por las nubes. Esto nos pasa muchas veces en la Iglesia, parece que hay como dos bandos: los tradicionalistas o los progresistas. Dos etiquetas feas que no tienen sentido, mal puestas. Nada más alejado del Evangelio que etiquetarnos entre nosotros. Si nos ponemos etiquetas, es porque nos olvidamos de lo esencial, del sol. Si ponemos etiquetas a otros, es porque estamos juzgando y no entendimos el mensaje de Jesús en el Evangelio.

Aprendamos a aceptar ciertas nubes, ciertas tradiciones que nos ayudan a embellecer y a transmitir la fe, aceptemos que hay algunos que les puede gustar más o menos algunas cosas. Lo que no podemos aceptar es pelearnos por cosas que no son el sol. Mientras el sol está queriendo iluminarnos y nosotros estamos mirando para abajo, peleándonos por algunas nubes, perdiéndonos lo mejor; en este caso, caemos todos juntos en la hipocresía.