«Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no valdría. Pero hay otro que da testimonio de mí, y yo sé que ese testimonio es verdadero.
Ustedes mismos mandaron preguntar a Juan, y él ha dado testimonio de la verdad. No es que yo dependa del testimonio de un hombre; si digo esto es para la salvación de ustedes. Juan era la lámpara que arde y resplandece, y ustedes han querido gozar un instante de su luz. Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan: son las obras que el Padre me encargó llevar a cabo. Estas obras que yo realizo atestiguan que mi Padre me ha enviado. Y el Padre que me envió ha dado testimonio de mí. Ustedes nunca han escuchado su voz ni han visto su rostro, y su palabra no permanece en ustedes, porque no creen al que él envió.
Ustedes examinan las Escrituras, porque en ellas piensan encontrar Vida eterna: ellas dan testimonio de mí, y sin embargo, ustedes no quieren venir a mí para tener Vida.
Mi gloria no viene de los hombres. Además, yo los conozco: el amor de Dios no está en ustedes. He venido en nombre de mi Padre y ustedes no me reciben, pero si otro viene en su propio nombre, a ese sí lo van a recibir. ¿Cómo es posible que crean, ustedes que se glorifican unos a otros y no se preocupan por la gloria que sólo viene de Dios?
No piensen que soy yo el que los acusaré ante el Padre; el que los acusará será Moisés, en el que ustedes han puesto su esperanza. Si creyeran en Moisés, también creerían en mí, porque él ha escrito acerca de mí. Pero si no creen lo que él ha escrito, ¿cómo creerán lo que yo les digo?»
Palabra del Señor
Comentario
¿Habrá entrado a la fiesta finalmente el hijo mayor de la parábola del domingo? Naturalmente tendemos a pensar que no, porque en realidad el padre lo va a buscar para convencerlo y el hijo lo llena de excusas y le cuenta, en el fondo, todo su dolor, el porqué está enojado. Y Lucas no dice que finalmente entró, pero tampoco dice que no entró, por lo tanto, podríamos pensar que es un final abierto, como una invitación de Dios para que nos preguntemos nosotros mismos: Y nosotros, ¿qué haríamos? ¿Nosotros entraríamos a la fiesta de un padre que recibe a su hijo después de despilfarrar todos los bienes o seguiriamos creyendo que somos los hijos obedientes y que nosotros nos merecemos más que los demás? Bueno, vayamos abriendo nuestro corazón porque el cielo no será otra cosa que la fiesta de los perdonados, de aquellos que se arrepintieron y volvieron, y entre ellos puede estar realmente cualquiera, incluso aquel que hoy en la tierra lo miramos de reojo y decimos: No, este no puede cambiar. Sin embargo, el Padre misericordioso siempre nos dará oportunidad de cambiar, a vos y a mí. Principalmente el gran y primer cambio que tenemos que hacer es el de ser humildes y aceptarnos débiles y pecadores como todo ser humano.
Son muchísimas las anécdotas que uno siempre puede contar para iluminar la Palabra de Dios, de hecho, me lo dicen muchas veces: «Padre, volvé a contar algo, porque eso nos ayuda». Es verdad, pero también es verdad que tampoco continuamente tenemos experiencias que son dignas de contar o que podamos contar. Pero hablando de eso me acuerdo que me pasó algo cuando comencé el ministerio de párroco, que un hombre mayor con su gran sabiduría me enseñó, porque eso uno va aprendiendo y tenemos que ir aprendiendo todos a encontrar la verdad escondida por donde uno mire, no importa lo poco que parezca. La verdad siempre está ahí, misteriosa pero atrae siempre.
Bueno, me acuerdo que este hombre mayor me llamó y me dijo: «Padre, le voy a pedir, o decir dos cosas, mejor dicho, dos cosas que se las dije al padre anterior. Mire… yo lo voy a ayudar mucho, más que al padre anterior, pero…no le voy a decir cosas lindas, no le voy a alagar, ni tampoco le voy a andar con chismes». «¡¡Qué lindo, le dije, qué bueno lo que me dice!! Eso es lo que quiero, que me ayude, que se juegue por esta comunidad, pero que no me ande con chismes. Por favor, si usted ve que hago algo malo, corríjame, corríjame en privado como enseña el Evangelio». «Sí, padre, me dijo, no se preocupe, yo se lo voy a decir. Pero mire… lo que necesitamos en esta comunidad es simplemente que confiese, que venga antes de la misa a confesar y que celebre la misa». Bueno, increíble fue para mí ese momento. No me dijo: quiero que construya un templo más grande, que haga comedores, que solucione el hambre de todo el barrio; solo que confiese y que celebre la misa. En pocas palabras, ese hombre me enseñó o me recordó la esencia de ser sacerdote, no lo único, pero lo esencial, y la esencia de lo que pretende un fiel sencillo de un sacerdote. Pretende y quiere a Jesús que se manifiesta a través de los sacramentos fundamentalmente, donde se nos da la gracia. Nada más ni nada menos que eso. Los sacerdotes, pero también vos que estás escuchando, los laicos, todos los cristianos, debemos ser testigos de la luz, de Jesús y Jesús fue testigo del Padre. De esto habla Algo del Evangelio de hoy. No hablamos en nombre nuestro, no nos creerán por hablar mucho y hacer mucho, porque seamos muy queridos, por ser unos genios, como decimos, grandes hacedores de cosas y llenos de aplausos, sino que nos creerán por ser transparentes en el sentido más profundo y cristiano de la palabra. Ser luces que no tienen luz propia, porque a veces no nos da el corazón, es verdad, porque a veces todo nos abruma y nos pasa por encima, porque estamos cansados y caemos, pecamos. Por eso lo más lindo de ser testigos de Jesús, de ser luz, es justamente que la luz no es nuestra y por eso si la sabemos cuidar, nunca se apagará.
Si sabemos beber de la fuente, nunca dejaremos de quitar la sed. Si creemos que no podemos, es porque estamos pensando que podemos por nosotros mismos, y en realidad es todo al revés. Cuando nos convenzamos de que nosotros no podemos, es justamente cuando dejaremos que aparezca el Señor, cuando dejaremos transparentar la luz que no se cansa de iluminar, la luz del mundo que es Jesús.
Pidámosle al Señor hoy que nos ayude a ser lo que él fue, un testigo del Padre, y hablar solamente lo que el Padre quiera que hablemos y que transparentemos con nuestras obras lo que realmente somos: hijos de la luz, hijos del Padre.