• www.algodelevangelio.org
  • hola@algodelevangelio.org

II Domingo de Cuaresma

Jesús tomó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña para orar. Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante. Y dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que aparecían revestidos de gloria y hablaban de la partida de Jesús, que iba a cumplirse en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño, pero permanecieron despiertos, y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él.

Mientras estos se alejaban, Pedro dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»

El no sabía lo que decía. Mientras hablaba, una nube los cubrió con su sombra y al entrar en ella, los discípulos se llenaron de temor. Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: «Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo.» Y cuando se oyó la voz, Jesús estaba solo.

Los discípulos callaron y durante todo ese tiempo no dijeron a nadie lo que habían visto.

Palabra del Señor

Comentario

Si el domingo pasado, para empezar la Cuaresma, no teníamos miedo, por lo menos la Palabra de Dios quería quitarnos ese miedo a la tentación, a la prueba, a las dificultades de la vida, incluso veíamos que eran necesarias para crecer y madurar, porque también descubríamos que al mismo Jesús le pasaba lo mismo, pasaba por lo mismo que nos pasa a nosotros, y él fue tentado en nosotros; hoy podríamos decir que la Palabra de Dios, en este momento de la vida de Jesús que es la transfiguración, nos quiere de algún modo consolar, mostrándonos el final del camino. Levantá la cabeza, nos dice hoy, hacia allá vamos, no mires todo el día para abajo, no mires lo difícil que es el desierto y la tentación, como hizo Jesús con sus discípulos, los llevó al Tabor.

¿Te acordás de esta frase de san Agustín: «Nuestra vida mientras dure esta peregrinación, no puede verse libre de tentaciones. Porque nuestro crecimiento se realiza por medio de la tentación y nadie puede conocerse a sí mismo si no es tentado, ni nadie puede ser coronado si no ha vencido, ni puede vencer si no ha luchado, ni puede luchar si carece de enemigo y de tentaciones»? Y no es que a nosotros nos gusta el sufrimiento por el sufrimiento mismo, eso es una caricatura del cristianismo, no es que buscamos las dificultades porque nos gusta nada más, no es que solamente vale lo que duele, como algunos dicen, sino que en la Cuaresma se nos quiere dar como un baldazo de «realidad», diríamos, realismo, un no querer ocultar la verdad de la vida, una de las grandes verdades de la vida como esta, que para resucitar, primero tenemos que morir; para vencer, primero hay que luchar; para encontrar, hay que buscar; para recibir, también hay que pedir; para gozar, hay que amar y entregarse; para amar, tenemos que renunciar y al renunciar inevitablemente de algún modo sufrimos, muchas veces en el interior de nuestro corazón.Jesús lleva al monte Tabor a los discípulos, a los más cercanos, aquellos que él quiso para mostrarse como Dios por un momento, para mostrarles el esplendor de su gloria, para mostrarles lo que les espera a ellos si saben perseverar, si a pesar del cansancio siguen caminando. Y debe haber sido tan maravilloso ese momento que Pedro quiso hacer tres carpas, quiso quedarse ahí para siempre, prefirió hacer un campamento de elite para algunos, solo con Jesús, con Moisés y Elías, para no bajar al llano de su realidad, para evitar bajar a la realidad, nada más normal que la reacción de Pedro. Lo mismo hubiésemos hecho nosotros. Pedro siempre nos representa por su sencillez, humanidad, su espontaneidad, que cualquiera de nosotros hubiera tenido también. Porque apenas vivimos un lindo momento en la vida, ya sea en lo más humano y sencillo y cotidiano, como una experiencia de Dios fuerte, cuando apenas experimentamos su presencia, que sería como una transfiguración, queremos permanecer ahí para siempre. Queremos, de alguna manera, que ese momento sea inolvidable, queremos olvidarnos del día a día, de lo que debemos hacer y nos olvidamos claramente de que tenemos que bajar, a trabajar y a seguir caminando. Nos encanta volar a veces y evitar las dificultades diarias. En realidad, lo que Jesús les hace a los discípulos experimentar no es para que se queden regodeándose entre ellos, sino para evitarles el miedo futuro y para enseñarles a superarlo, para enseñarles a confiar cuando venga el momento de la cruz. Jesús nos muestra el final del camino, nos muestra el final de la película, para que no desfallezcamos mientras andamos por el desierto. Ya sabemos cómo va a terminar la historia. Ya sabemos que, si sabemos perseverar, Jesús nos hará llegar hasta donde está él. En esta vida, él nos da su amor, a veces lo sentimos a cuenta gotas, pero mostrándonos que al final la victoria está asegurada si vamos con él, si no nos alejamos de él, si luchamos siempre con él, si somos tentados con él también triunfaremos con él. Esa es nuestra esperanza.

Tenemos que escucharlo y aprender a confiar, como tuvo que hacerlo Abraham en la primera lectura que escuchamos hoy. Tuvo que confiar, aunque no vio todo, no vio el final del camino completamente, sino que vio una luz que le mostró un poco para poder terminar. Así como tuvieron que hacerlo los apóstoles hoy, a Pedro y a nosotros siempre nos asecha esta tentación, como la de hacer un campamento y no volver a la realidad, de querer vivir de experiencias de Dios para nosotros nada más, que nos pueden alejar paradójicamente de los demás, esa no es la verdadera experiencia del cristiano. El cristiano es el que reconoce las dos cosas: la cruz y la gloria que vendrá, la experiencia de Jesús, pero llevada a lo cotidiano, a lo normal, a la familia, al trabajo, a los hijos, a los amigos. El cristiano en serio es el que no se olvida de lo regalado mientras camina hacia adelante, con obstáculos; sí, es verdad, con dolores, con molestias, pero por eso no le escapa la cruz. Porque sabe que después vendrá lo mejor. Los cristianos en serio son los que aceptan con fe las palabras del Padre de Algo del Evangelio de hoy: «Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo».

Y por eso confiamos en que todo esto es verdad, que todo esto es una invitación a confiar. Confiemos, es lindo y necesario confiar. Sepamos esperar, y que en cada prueba, dolor, sufrimiento, dificultad, cada desgarro de la vida que está al final del camino, nos anime y que nos empuje a caminar mientras amamos y enseñamos a amar a los de al lado, y nos dejamos enseñar amar por los demás también. Cuando lleguemos a esa luz, podremos mirar para atrás y decir con certeza: «Benditas pruebas y dificultades, benditos sufrimientos que me ayudaron a crecer y a llegar al final de este camino para estar eternamente con Jesús y con todos los santos».