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I Miércoles de Cuaresma

Al ver Jesús que la multitud se apretujaba, comenzó a decir: «Esta es una generación malvada. Pide un signo y no le será dado otro que el de Jonás. Así como Jonás fue un signo para los ninivitas, también el Hijo del hombre lo será para esta generación.

El día del Juicio, la Reina del Sur se levantará contra los hombres de esta generación y los condenará, porque ella vino de los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón y aquí hay alguien que es más que Salomón.

El día del Juicio, los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación y la condenarán, porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás y aquí hay alguien que es más que Jonás.»

Palabra del Señor

Comentario

El demonio nos tienta, nos prueba siempre, pero especialmente cuando estamos más vulnerables, le gusta entrar al castillo del corazón, como decía san Ignacio, por el lugar más flaco, por la brecha, nosotros diríamos el lugar más débil. Es cierto que es difícil discernir a cada paso las pruebas y tentaciones por las cuales pasamos, hay que tomarse el tiempo cada noche para examinarnos espiritualmente, no únicamente desde lo moral, sino fundamentalmente desde lo espiritual, para poder distinguir si nuestras caídas tienen que ver con fragilidades propias, imperfecciones adheridas, o bien porque el demonio aprovechó esas fragilidades para plantearnos falsos caminos bastante atractivos. No hay que esquivarles a estos temas, por más pasado de moda que estén, porque por algo quedaron en la Palabra de Dios, por algo Jesús los pasó, para enseñarnos a pasarlo nosotros.

El demonio tentó a Jesús en su momento más frágil –decía la Palabra el domingo–, cuando sintió hambre, aprovechándose de ese momento de extrema necesidad. Lo mismo hace con vos y conmigo, aprovecha esos momentos en los que somos vulnerables, por distintas razones, ya sea por algo físico, espiritual o afectivo, en un momento de dolor, de tristeza, de soledad. Es cuando más atentos debemos estar, porque nuestros errores más grandes surgen en esos momentos, en los cuales por necesidad nos dejamos engañar por el demonio, no soportamos el peso de su sufrimiento y tomamos caminos cortos, con atajos, con medios ilícitos para alcanzar un bien o a veces lícitos, pero no los que Dios quiere. Debemos serenarnos y contestar siempre con la Palabra de Dios, como hizo Jesús.

Tendemos a pensar que todo tiempo pasado fue mejor, por eso san Agustín decía: «El tiempo pasado lo juzgamos mejor, sencillamente porque no es el nuestro». Por eso no hay porque pensar que el mundo de Jesús, el mundo de ese tiempo, el que eligió para vivir, fue muy distinto al nuestro, o mucho peor o mucho mejor. Es verdad que muchas cosas externas han cambiado, que se vive distinto, que la cultura es distinta, que parece que hoy todo está peor, pero también es verdad que el hombre es hombre, con toda su debilidad, desde que el pecado entró en este mundo, o digamos mejor, es hombre débil desde el pecado, y hay cosas que no han cambiado demasiado. Por ejemplo, las debilidades en general son las mismas, aunque se van expresando de modo diferente. Por eso cuando en Algo del Evangelio de hoy escuchamos que la gente pedía un signo, o sea, pedía una especie de certificación para comprobar quién era Jesús, no es muy distinto a lo que también pasa hoy cuando muchos de nosotros y tanta gente dentro de la Iglesia necesitamos todavía signos maravillosos para creer, para asegurarnos que las cosas son como nos dicen, como nos dijeron. Es algo inherente al hombre, es nuestra debilidad, es nuestra débil necesidad. Muchas veces no podemos confiar si no es por medio de signos, de situaciones, de personas, y al mismo tiempo eso se nos vuelve en contra cuando exigimos más de la cuenta y, al fin y al cabo, no confiamos. A los que andaban con Jesús les pasaba eso, a nosotros también nos pasa. Habían visto milagros, situaciones extraordinarias, curaciones, exorcismos y tantas cosas más, sin embargo, exigían más y más. ¿No será que a nosotros nos pasa lo mismo? Somos bastante insaciables y nos olvidamos todo lo que ya se nos dio y, entonces, siempre terminamos pidiendo más, como los niños o como los jóvenes que a veces van en busca de novedades continuamente. No se conforman con lo que tienen enfrente. Por eso tenemos que preguntarnos con sinceridad: ¿Quién de nosotros puede decir que nunca tuvo o experimentó un signo real de que Jesús está vivo y presente en su vida, de que Dios está presente? ¿Realmente podemos decir con seriedad que no? Pero no estoy hablando de milagros para salir en televisión, sino me refiero a miles de situaciones donde, si somos capaces de detenernos y contemplar un poco, casi no hace falta pedirle a Dios un signo. Están por todos lados.

Jesús hoy les dice a los que lo apretujaban y a nosotros: El signo que necesitan y que les daré para siempre es mi resurrección, ese es el signo de Jonás. Así como Jonás que pasó tres días en el vientre de un pez, así Jesús pasará y pasó tres días en el vientre de la tierra para resucitar y darnos una vida nueva y estar con nosotros hasta el fin de los tiempos. Ese es el mayor milagro que debían esperar los judíos y no todos pudieron interpretar. Ese es el mayor milagro para nosotros, ese es el gran signo. No debemos esperar nada más, sino que tenemos que aprender a descubrirlo en lo que hacemos y vivimos, y para eso hay que saber descubrir su presencia en todas las cosas, en especial en la Eucaristía, que tenés en tu parroquia, en tu Iglesia; en la oración, como vimos ayer, y en los más necesitados, como escuchamos el lunes.

No pidamos signos innecesarios, sino mejor abramos los ojos para descubrir los que ya están. ¿De qué sirve andar buscando milagritos por todos lados mientras que tenemos el gran milagro que nos pasa por enfrente todos los días? «Aquí hay alguien que es más que Jonás». Jesús es más que todo lo que podemos imaginar, Jesús es todo y nos da todo.