Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó de las orillas del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto, donde fue tentado por el demonio durante cuarenta días. No comió nada durante esos días, y al cabo de ellos tuvo hambre. El demonio le dijo entonces: «Si tú eres Hijo de Dios, manda a esta piedra que se convierta en pan.» Pero Jesús le respondió: «Dice la Escritura: El hombre no vive solamente de pan.»
Luego el demonio lo llevó a un lugar más alto, le mostró en un instante todos los reinos de la tierra y le dijo: «Te daré todo este poder y el esplendor de estos reinos, porque me han sido entregados, y yo los doy a quien quiero. Si tú te postras delante de mí, todo eso te pertenecerá.» Pero Jesús le respondió: «Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto.»
Después el demonio lo condujo a Jerusalén, lo puso en la parte más alta del Templo y le dijo: «Si tú eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: El dará órdenes a sus ángeles para que ellos te cuiden.
Y también: Ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra.»
Pero Jesús le respondió: «Está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios.»
Una vez agotadas todas las formas de tentación, el demonio se alejó de él, hasta el momento oportuno.
Palabra del Señor
Comentario
En este primer domingo de Cuaresma, mientras empezamos este camino hacia la Pascua, quería empezar este momento de oración y reflexión con unas palabras de san Agustín que dicen así: «Nuestra vida, mientras dure esta peregrinación, no puede verse libre de tentaciones, porque nuestro progreso se realiza por medio de la tentación, y nadie puede conocerse a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni puede crecer si no ha luchado, ni luchar si no carece de enemigo ni tentaciones». ¿Nos damos cuenta que lo que para nosotros a veces es un problema, una molestia y, además, un motivo de queja, para los grandes santos, para la Palabra de Dios, es causa de crecimiento, es algo necesario? En definitiva, podríamos decir, en este día, que la tentación, las pruebas de la vida son necesarias y además inevitables.
Todos somos tentados, de algún modo, y seremos tentados para que, en nosotros, vaya reluciendo lo mejor, luzca lo más grande, lo más puro de nuestro ser, que es nada más ni nada menos que el ser hijos de Dios y sentirnos y vivir como hijos de él.
Así empieza esta Cuaresma, mostrándonos a Jesús que es llevado al desierto por el Espíritu, para ser tentado, para ser probado en lo más profundo de su ser Hijo del Padre, antes de empezar su misión. Estas tentaciones que vivió Jesús, son como un anticipo de lo que en definitiva será toda su vida, incluso hasta cuando estuvo suspendido en la cruz, por amor a nosotros, siempre Jesús fue de algún modo probado; probado para ver si cumplía o no su misión, para ver qué camino tomaba, si cumplía o no la voluntad de su Padre.
En Jesús, todos nosotros fuimos también tentados, por eso si él fue tentado, podemos preguntarnos o decirnos a nosotros mismos: ¿Por qué no vamos a ser tentados nosotros? ¿Por qué nos sorprendemos cuando sufrimos ciertas tentaciones, si él mismo las vivió? No deberíamos sorprendernos ni alarmarnos cuando sufrimos tentaciones, al contrario. Pero todavía hay algo mucho mejor… En Jesús, también todos nosotros ya vencimos, de algún modo, la tentación. Él hubiese podido evitarla, pero quiso parecerse en todo a nosotros, menos en el pecado; parecerse en todo a nosotros, incluso en sufrir tentaciones, para que nosotros también aprendiéramos a vencerlas y aprendamos también de las pruebas que nos tocan vivir en la vida.
¿Cuáles son las pruebas por las que pasó Jesús en Algo del Evangelio de hoy? ¿Cuáles son las más mayores pruebas y tentaciones que nos pueden tocar vivir a nosotros, si ya no nos tocaron? Las tres tentaciones que escuchamos hoy, quieren justamente atentar lo más grande y sagrado de la relación del Padre y del Hijo, el ser Hijo, el sentirse Hijo y el vivir como Hijo, escuchando a su Padre y confiando en lo que él le pedía. El demonio busca alejar a Jesús de su Padre, que sienta que lo que le pide no es para su felicidad, no es para su bien. Busca que no le obedezca, que finalmente haga la suya, que se corte solo, como decimos; quiere que convierta todas las piedras en pan, para solucionar una necesidad, el problema del hambre; quiere que adore otras cosas, y no a su Padre. Y, finalmente, quiere que tiene a su Padre, que lo pruebe, que lo desafíe siendo Hijo. Esa es la gran tentación de todos los hijos de Dios dispersos por el mundo, la tuya y la mía también. Todos, de algún modo, sufrimos estas tentaciones, aunque a veces no nos damos cuenta, es la gran tentación también que sufre la Iglesia.
Olvidamos que no vivimos solamente de pan, de necesidades materiales, sino que fundamentalmente vivimos o debiéramos vivir del amor del Padre, del Pan que viene de lo alto y que todas las soluciones por más lindas que parezcan, no pasan solo por lo material, al contrario. Vivimos también tentados de hacernos mil ídolos a nuestra medida, para tener poder, para sentirnos más que otros y nos olvidamos de que el verdadero poder en definitiva es el amor y el darnos a los demás.
Y eso es lo que Jesús nos termina demostrando con su propia vida.
Y también el demonio quiere que probemos a nuestro Padre, que lo desafiemos, que nos demuestre su poder, su presencia, y que solucione todos nuestros problemas de un modo mágica.
Cada uno creo que hoy debe rezar y eso es lo que te propongo y me propongo. ¿Cómo estas tentaciones toman diferentes formas en nuestra vida?, ¿cómo finalmente tenemos que aprender a vencerlas? Escuchando y contestando con la Palabra de Dios.
Solo el que escucha a su Padre día a día, vence las pruebas más grandes. Escuchando a Dios todos podemos vencer al demonio. «El que a Dios tiene nada le falta», decía santa Teresa de Jesús. Solo el que se anima a vivir del Pan de cada día, adora al único Dios verdadero, al único que nos puede verdaderamente salvar y al único que merece nuestra adoración. Solo el que escucha día a día su Palabra, es capaz de no desafiarlo nunca, todo lo contrario, se arroja en sus brazos «como un niño en brazos de su madre».