Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén en la fiesta de la Pascua.
Cuando el niño cumplió doce años, subieron como de costumbre, y acabada la fiesta, María y José regresaron, pero Jesús permaneció en Jerusalén sin que ellos se dieran cuenta. Creyendo que estaba en la caravana, caminaron todo un día y después comenzaron a buscarlo entre los parientes y conocidos. Como no lo encontraron, volvieron a Jerusalén en busca de él. Al tercer día, lo hallaron en el Templo en medio de los doctores de la Ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Y todos los que lo oían estaban asombrados de su inteligencia y sus respuestas. Al verlo, sus padres quedaron maravillados y su madre le dijo: “Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Piensa que tu padre y yo te buscábamos angustiados”. Jesús les respondió: “¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?”. Ellos no entendieron lo que les decía. El regresó con sus padres a Nazaret y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba estas cosas en su corazón. Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres.
Palabra del Señor
Comentario
¡Qué buen domingo para estar en familia! ¡Feliz día de la Sagrada Familia, en esta fiesta de Jesús, María y José! Hoy pensemos también que nuestra familia, aunque parezca un poco exagerado lo que voy a decir, también de algún modo es sagrada, porque es un regalo de Dios. Y es así. Tu familia, mi familia fue tomando colores distintos a lo largo de la vida, fue cambiando y sigue cambiando. Nuestra familia, sin embargo, es un regalo que muchas veces no terminamos de reconocer, porque la rutina nos empaña lo lindo y lo bueno.
Si sos joven, no te olvides que tu familia es el lugar en donde tenés que estar, aunque a veces te cueste, en donde Dios Padre te regaló nacer para que recibas mucho y que aportes también de vos algo para los demás. Si sos joven y no vivís ya con los que te dieron la vida, no te olvides que tu familia siempre será tu familia, ¡no lo olvides!; no creas que ya tenés todo resuelto y no los necesitás. Son los tuyos y vos sos de ellos también, de algún modo. Lo peor que nos puede pasar es que se nos suban esos aires de independencia egoísta, de pensar que no necesitás ya de nadie; nada más alejado del amor que eso, todos de algún modo nos necesitamos, aunque vayamos abriendo nuestros propios caminos.
Si ya sos padre o madre, estarás en diferentes etapas, seguramente, por ahí disfrutando de hijos pequeños, donde mucho es cansancio, pero también es gratitud y alegría. Tus hijos son el mejor regalo que te dio Dios en esta vida. Pero hay algo también importante: no te olvides que sos esposa y esposo antes que madre o padre. Si sos padre o madre entrada en años o entrado en años pero con hijos grandes, experimentarás de todo un poco: gratitudes e ingratitudes, hijos que responden, que son agradecidos o hijos que se rebelan, hijos que son fáciles o hijos que son también más difíciles. Pero no te olvides: todos son tus hijos, todos son un don de Dios. No hagas diferencias, aunque cada uno necesita cosas diferentes, porque a veces el más rebelde, el que parece más alejado, es en realidad el que más necesita de tu ayuda, de tu oración, aunque no lo parezca, es el que más está sufriendo.
Si ya sos abuela o abuelo, tenés que disfrutar de lo que Dios y la vida ya te fueron regalando y hoy podés dejarte cuidar un poco más, casi como si fueras un niño, en el sentido profundo de la palabra. Ser abuelo o abuela es una bendición muy grande, pero si te haces niño y no te crees autosuficiente.
Sea lo que sea, estemos en la etapa que estemos, nuestra familia, la que nos dio Dios y la vida, la que formaste también con tanto esfuerzo, es el lugar donde aprendemos a amar, a callar, ayudar, a entregarnos, a perdonar, a abrazarnos, a luchar y a seguir, a enojarnos y a desenojarnos, caernos y levantarnos, consolarnos y dejarnos consolar, llorar y a secar lágrimas ajenas, romper a veces, pero también reparar, rezar y suplicar. La familia es el lugar sagrado del amor, nuestra familia es mucho de nuestra vida. Aprendamos a disfrutarla y a valorarla. Jesús nos enseñó esto, hoy y siempre.
Algo del Evangelio de hoy y esta fiesta nos muestran a un Dios, por decirlo de algún manera, familiar. Quiso nacer en una familia, en un pesebre, pobre. Pero principalmente quiso nacer en una familia concreta, con padre y madre. Quiso ser educado y fue educado. Quiso vivir todo lo que nosotros hemos vivido, lo de cada día, durante treinta años, hasta que empezó a predicar y comenzó su misión que le había encomendado el Padre, ¿nos parece poco? Incluso su familia, María y José, cumplieron lo que todos debían cumplir en ese tiempo, aun cuando podrían haber hecho otra cosa, considerándose privilegiados. Todos los años iban a Jerusalén a la Pascua, por eso no se puede ser una verdadera familia si excluimos a Dios de su lugar principal, si no dejamos que sea el protagonista de nuestras vidas. Pensemos un poco. Me animo a decir que todos los problemas de nuestras familias se deben a que Jesús no termina siendo el centro.
Con Jesús en el centro existe todo lo que nos hace falta para vivir en paz; porque él nos trajo la paz, el perdón, la misericordia, el diálogo, la paciencia, la fortaleza; en definitiva, todo eso nos da el amor de Dios, que es la roca de la familia, porque Jesús es la roca.
La respuesta un poco dura aparentemente de Jesús cuando lo encuentran: «¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?», muestra, por otro lado, que lo que fundamenta la familia es el Padre del Cielo. Él viene a vivir en una familia, pero a cumplir la voluntad de su Padre, aun cuando obedeció a sus padres. Vivimos en familia para aprender a escuchar a Dios y a obedecerle a él, a vivir según su Palabra. Eso tenemos que enseñarle a nuestros hijos. Nuestra familia es sagrada, pero al mismo tiempo nuestra familia es la de Jesús, porque él nos ha incorporado, nos ha dado su sangre y debemos imitarlo a él para ser buenos y verdaderos hijos de Dios.
La familia que Dios nos regaló debe ser un camino para alcanzar la santidad y nunca un obstáculo, porque nosotros también «debemos ocuparnos de los asuntos del Padre».
Disfrutemos de nuestras familias y demos gracias a Dios por todo, incluso por aquello que no nos gusta tanto, pero que también nos ayuda a crecer.