Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?»
Ellos le respondieron: «Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas.»
«Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?»
Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.»
Y Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.»
Palabra del Señor
Comentario
Celebramos hoy la fiesta llamada de la Cátedra de san Pedro. Por eso se nos ofrece en este día, en Algo del Evangelio, esta escena en la que Jesús le encomienda a Pedro una misión especial dentro del grupo de los doce apóstoles. Yendo a la actualidad, según algunos estudios, hoy hay en el mundo más de sesenta mil confesiones cristianas distintas. Sí, escuchaste bien, sesenta mil. Pensemos en cuántos locales, por decirlo así, o sucursales cristianas tenemos en nuestro kilometro cuadrado, en nuestras ciudades, en nuestros pueblos, cuántas Iglesias distintas hay. Todas esas confesiones cristianas, además, creen en cosas diferentes y sostienen una doctrina de fe y una ética diferente. Esto ocurre porque consideran que la Biblia es de libre interpretación y que el único principio válido es la escritura, de ahí las diferencias. Es verdad que tenemos que decir que tenemos algo en común, que creemos en Cristo, pero tendríamos también que decir que eso no alcanza para la verdadera fe. Pero si buscamos en la Biblia algún texto que sostenga que la fe se tiene que basar solamente en la misma escritura, en realidad no lo podemos encontrar. Tampoco se nos habla en la Palabra de Dios que la Palabra de Dios es para interpretarla libremente, sin ninguna comunidad que nos guie. La fe cristiana, auténtica está contenida en lo que se llama «el depósito heredado de la tradición», «el depósito de la fe», la tradición apostólica, o sea, la que viene de los apóstoles, de sus relatos, de lo que ellos contaron, de sus costumbres, de lo que hicieron, y también en la Sagrada Escritura, que es también por supuesto, valga la redundancia, parte del legado de los apóstoles.
Existe, tenemos que decirlo sin miedo, una sola Iglesia que fundó Jesucristo. Jesús fundó una sola Iglesia sobre Pedro. Cuando decimos que somos católicos, apostólicos y romanos, estamos confesando que nuestra fe proviene de los apóstoles unidos a Pedro, que derramó su sangre en la llamada colina vaticana donde se encuentra hoy su tumba y sobre la cual se encuentra la silla, la llamada catedra, donde Pedro se sigue sentando para transmitir la misma fe y moral, costumbres que vienen de Jesucristo y los apóstoles.
Jesús nos regaló al papa, al sucesor de Pedro, para garantizar la unidad y la continuidad de la misma fe. Por eso hoy celebramos esta fiesta, por eso celebramos la Cátedra de san Pedro, porque es el lugar desde el que se nos transmite esta verdadera fe.
El antiguo cardenal Ratzinger, que después fue el papa Benedicto, aseguraba que es un falso concepto de Dios decir «Dios sí, pero Cristo no, incluso Cristo sí, pero la Iglesia no». Algo tan difundido hoy en día. Voy a citar sus mismas palabras, decía así: «Si decimos Dios sí o tal vez, incluso, Cristo sí pero la Iglesia no, se crea un Dios, un Cristo según las propias necesidades y según la propia imagen. Dios, entonces, ya no es realmente una instancia que está frente a mí, sino que se convierte en una visión mía que yo tengo y, por lo tanto, responde también a mis propias ideas». Dios se convierte en una verdadera instancia, un verdadero juez de mi ser, por lo tanto también en la verdadera luz de mi vida, si no es solo una idea mía, sino si vive en una realidad concreta, si verdaderamente se sitúa ante mí y no es manipulable según mis ideas o deseos. Por eso separar a Dios de la realidad en la que Dios está presente y habla a la tierra, o sea, a la Iglesia, quiere decir no tomar en serio a ese Dios que se hace por lo tanto manipulable según mis necesidades y deseos.
Bueno, si fue un poco largo y difícil te invito a que lo escuches otra vez, pero tiene mucha verdad este texto y tiene mucha razón y mucha luz para nosotros hoy, en un tiempo en donde todo se cuestiona, y es verdad, la Iglesia, esta Iglesia fundada sobre la cátedra de Pedro, sobre la figura de Pedro y sus sucesores, tiene muchas debilidades, porque no es solamente santa, sino también pecadora y por eso cuesta tanto a veces aceptar. A esto podemos sumar que no podemos decir «Iglesia sí, pero el papa no».
¡Cuidado! Hay algunos católicos también que creen que pueden prescindir del papa, que no les hace falta porque se consideran a sí mismos los depósitos de la fe, o sea, ellos son los que determinan qué cosa es verdad y qué cosa no, en qué cosa se equivocó o no el papa.
Hace ya muchos años los llamados «progresistas» eran conocidos como los rebeldes a la enseñanza del papa, pero hoy nos damos cuenta que en las críticas al papa o a los papas –no importa quién sea– se dan la mano, tanto los llamados «progresistas» como los llamados «tradicionalistas». Finalmente, como siempre se dice, los extremos se tocan. Ya va siendo hora que terminemos con esa bipolaridad y empecemos a ser católicos, verdaderamente católica, sin extremismo, que pongamos nuestra confianza en la guía que Jesús nos ofreció, nos ofrece a través de la Iglesia, sea quien sea, a quien santa Catalina de Siena llamaba «el dulce Cristo en la tierra».
No nos olvidemos de rezar hoy por el papa, siempre, porque es el que nos mantiene en la unidad. Después nos podrán gustar unas cosas, otras, pero finalmente si no tuviéramos papa, si no estuviera fundada la Iglesia sobre la figura de Pedro, estaríamos mucho más divididos de lo que ahora lamentablemente estamos.