Jesús les hizo también esta comparación: «¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en un pozo?
El discípulo no es superior al maestro; cuando el discípulo llegue a ser perfecto, será como su maestro.
¿Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: «Hermano, deja que te saque la paja de tu ojo», tú, que no ves la viga que tienes en el tuyo? ¡Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano!
No hay árbol bueno que dé frutos malos, ni árbol malo que dé frutos buenos: cada árbol se reconoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos ni se cosechan uvas de las zarzas.
El hombre bueno saca el bien del tesoro de bondad que tiene en su corazón. El malo saca el mal de su maldad, porque de la abundancia del corazón habla la boca.
Palabra del Señor
Comentario
El domingo, te recuerdo como siempre, es el día del Señor, siempre es bueno volver a recordarlo, y aunque en la «teoría» debería ser un día especialmente reservado para él, debemos reconocer que en la «práctica», en este mundo en el que vivimos, difícilmente podemos dedicarle mucho tiempo o por lo menos el que se merece. Igualmente podríamos preguntarnos… ¿Cuál es el tiempo que se merece nuestro buen Dios que es Padre? ¿Alcanza con ofrecerle una hora por semana asistiendo a misa? En definitiva, ¿qué es el día del Señor? ¿Con eso bastaría para decir que estamos viviendo el día en él? En realidad, deberíamos decir que todo nuestro tiempo es para él, que él es el dueño del tiempo, que nuestra vida es de él, que nuestro tiempo es de él y para él. Es por eso que san Pablo decía: «Yo los exhorto por la misericordia de Dios a ofrecerse ustedes mismos como una víctima viva, santa y agradable a Dios: este es el culto espiritual que deben ofrecer. No tomen como modelo este mundo. Por el contrario, transfórmense interiormente renovando su mentalidad, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto». Entonces lo correcto sería decir, o lo que más agrada a Dios, es que a él no podemos ofrecerle «algo» de nuestro tiempo, sino que tenemos que ofrecerle toda nuestra vida, eso es lo que él se merece.
Sin embargo, ahora cabe preguntarnos… ¿Qué significa ofrecerle nuestra vida? ¿Alcanza con decir que el domingo es su día y que, por ejemplo, podemos quedarnos con la conciencia tranquila ofreciéndole la misa de cada domingo? Aunque la misa es lo más grande que le ofrece la Iglesia al Padre, sería reductivo o muy pobre conformarnos con decir que, si cumplimos la misa del domingo, transformamos ese día en el día del Señor. Para el mundo ofrecerle todo a Dios es un poco exagerado, para la mentalidad de este mundo y la nuestra muchas veces, la cantidad es lo que marca el valor de las cosas, por eso podemos pensar que ofrecerle más tiempo a Dios, sería de algún modo ofrecerle el corazón, y no ofrecer más tiempo para él, sería no darle nada. Lo más sano y liberador sería pensar y sentir que somos de él y que todo lo que hacemos en su nombre es para él, y aunque es necesario, por supuesto, ir a misa cada domingo, eso no bastaría si en el fondo no le ofrecemos todo nuestro corazón. Transformemos este día en el día del Señor, ofreciéndole hasta lo más insignificante que hagamos, lo más cotidiano, como la vida familiar, el descanso, la diversión, y por supuesto, la misa y nuestro tiempo de oración.
De Algo del Evangelio de hoy son muchas las cosas que podemos meditar, porque el mismo Jesús intenta explicar lo mismo desde muchas comparaciones, que se ayudan la una a la otra. Sin embargo, podríamos decir para sintetizar, algunas cosas. El que mira el defecto en el ojo ajeno, la paja, sin ver en su ojo el propio, la viga, es un ciego. Teniendo una viga en el propio ojo, difícilmente podemos ver bien la paja de los demás, a eso se refiere Jesús. La propia viga nos oculta la realidad, y lo que deberíamos reconocer antes de intentar extirpar el defecto ajeno, es que nosotros, vos y yo, también estamos repletos de defectos. Nuestra boca habla de lo que tiene el corazón, y es por eso que cuando andamos mirando de reojo o de frente los problemas ajenos, opinamos de ellos creyendo que sabemos, damos las soluciones mágicas a todos los problemas de los demás, es por eso que nuestro corazón, de esta manera, destila bastante soberbia y orgullo.
Es feo reconocer que estamos un poco ciegos, nos cuesta, en realidad es difícil para nuestro gran orgullo, pero en realidad reconocerlo es un don, es una gracia. Mucho peor es no reconocer la ceguera en la que vivimos y considerar que nunca necesitamos ser corregidos por otros porque no tenemos errores. De ahí el famoso refrán de que «no hay peor ciego que el que no quiere ver».
Por eso, podríamos decir que parte de nuestra ceguera para vernos a nosotros mismos como seres débiles y llenos de «vigas», llenos de errores, es justamente no querer ver o no poder. Muchas veces no vemos por debilidad, por olvido, por ignorancia, por flaquezas, pero muchas otras no vemos porque preferimos no ver, porque elegimos dedicarnos a ver lo de los demás.
La sabiduría del cristiano no consiste en ser muy sagaces para ver todos los errores hacia afuera, en la Iglesia, en el papa, en los obispos, en los sacerdotes, en mi coordinador de grupo, en los papás de catequesis, en los problemas del mundo de hoy, en la economía, en la política, en los políticos, en mi jefe, en el vecino, en el demonio… y así podríamos seguir. La sabiduría del cristiano no consiste en ser «acusadores» de los demás, ese es el papel del demonio en realidad. En la Palabra de Dios se lo llama así, «el acusador de nuestros hermanos», y nosotros no podemos transformarnos en eso, ni prestarle nuestros labios y corazón para eso, porque en el fondo él es el que lo hace. Nosotros antes que nada debemos «acusarnos a nosotros mismos», o sea, en reconocernos débiles y pecadores, llenos de errores y defectos, pero deseosos del amor de Dios y de su misericordia, no mirando tanto la paja en el ojo de los demás, sino la viga en el nuestro.
Esta es la verdadera sabiduría del cristiano, la humildad que nos iguala con todos, la humildad que no divide ni separa, sino que unifica en la pobreza, en la sencillez, en la simplicidad, en la misericordia.
Pidamos hoy no ser ciegos, para no caer en el pozo de la hipocresía, en la doblez del corazón. Reconozcamos que estamos ciegos y que necesitamos del maestro para tomar y retomar siempre el buen camino.