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VII Domingo durante el año

Jesús dijo a sus discípulos:

Yo les digo a ustedes que me escuchan: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian. Bendigan a los que los maldicen, rueguen por lo que los difaman. Al que te pegue en una mejilla, preséntale también la otra; al que te quite el manto, no le niegues la túnica. Dale a todo el que te pida, y al que tome lo tuyo no se lo reclames.

Hagan por lo demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes. Si aman a aquellos que los aman, ¿qué mérito tienen? Porque hasta los pecadores aman a aquellos que los aman. Si hacen el bien a aquellos que se lo hacen a ustedes, ¿qué mérito tienen? Eso lo hacen también los pecadores. Y si prestan a aquellos de quienes esperan recibir, ¿qué mérito tienen? También los pecadores prestan a los pecadores, para recibir de ellos lo mismo.

Amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada en cambio. Entonces la recompensa de ustedes será grande y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno con los desagradecidos y los malos.

Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados. Den, y se les dará. Les volcarán sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante. Porque la medida con que ustedes midan también se usará para ustedes.

Palabra del Señor

Comentario

En este domingo tenemos la gracia, el regalo de escuchar una de las páginas más bellas y difíciles, al mismo tiempo de comprender el mensaje del Evangelio, de la Buena Noticia de Jesucristo para nuestras vidas. Es incómoda y muchísimas veces mal interpretada y por eso no muy comprendida y un poquito relegada. Al no ser comprendida, podríamos decir que se va olvidando o se toma de ella lo que más conviene.

Sin embargo, si nos preguntaran alguna vez –estemos donde estemos, un poco desprevenidos– un hijo, una hija, un amigo o simplemente un conocido: ¿Qué es ser cristiano?, ¿no crees que deberíamos responderle con esta página del Evangelio? Estarás diciendo «para que se asuste», ¡no!, ya sé, puede sonar un poco duro. Parece demasiada exigencia junta para alguien que pregunta, sin embargo, eso debería ser aquello que nos diferencie de un simple mensaje de amor general, universal, de hermandad para toda la humanidad, sino que es algo que nos distingue como cristianos.

¿Qué le diríamos? ¿Cómo responderíamos esa pregunta? ¿Qué es ser cristiano? Es cierto que si respondiéramos invitando a leer esta página de la Palabra de Dios, no estaríamos dando una respuesta plena o total, porque en definitiva ser cristiano es seguir a Cristo y es por eso que nadie puede entender estas palabras de Algo del Evangelio de hoy si no conoce, ama y sigue a Jesús –y esa es la clave–, si no le abre su corazón. Pero lo que quiero decir es que estas enseñanzas de Jesús son, de algún modo, el corazón de su mensaje, son el centro de su corazón, y es por eso que es cristiano plenamente solo aquel que comprende y vive este mensaje tan profundo.

Entonces ser cristiano es amar, pero en realidad «cualquier persona puede hacerlo», me estarás diciendo. Sin embargo, el cristiano ama o debe amar no solo con ese impulso natural con el que amamos a los que tenemos cerca y por afinidad y elegimos nosotros mismos, sino que ama, diríamos así, con un valor agregado; o, mejor dicho, puede amar con un agregado porque proviene justamente de Dios. Es lo que nosotros llamamos «caridad», amar a los demás con el amor que nos da Dios para amar, amar a los demás por amor a Dios, gracias a él diríamos. Si nos preguntan, entonces tendríamos que decir que ser cristiano es intentar seguir a Cristo día a día; que ser cristiano es haber descubierto que somos amados por él sin importar tanto si somos buenos o malos, aunque justamente desea que seamos santos, sino que la gran noticia es que somos amados primero, y por haber descubierto que él nos ama sin distinción, nosotros no podemos darnos el lujo de amar distinguiendo.

Entonces ser cristiano es haber experimentado esto, no por un cuento, no porque lo hayamos leído en un libro lindo o en el catecismo, sino porque nos dimos cuenta experiencialmente que esto es real, que el Padre es demasiado bueno con vos y conmigo y con esos que nos cuesta amar.

Algo del Evangelio de hoy entonces es para sentarse a desmenuzarlo palabra por palabra, como para deleitarse y, también, para ponerse un poco serios. Te recomiendo que vuelvas a escucharlo o leerlo. ¿Amar a los enemigos es algo posible o es algo de unos pocos? ¿O Jesús estaba un poco loco?

Es fundamental –y eso es lo que quiero dejarte hoy– que comprendamos a qué se refiere con «amar» o a qué tipo de amor se está refiriendo Jesús hacia nuestros enemigos. Podemos equivocarnos y pensar que la palabra «amar» significa que debemos amar a un enemigo como amamos a un amigo, a un padre, a una madre, o a un hijo o a un hermano; no quiere decir que tenemos que ir hoy a abrazar al que nos hizo el mal –aunque si algún día nos sale, sería un gran regalo–, al que nos difamó, al que nos criticó, al que nos echó del trabajo, al que nos humilló, al que nos trató mal; no quiere decir que tenemos que irnos de vacaciones con los enemigos, que deben ser nuestros amigos. ¡No!, Jesús nos pide un amor distinto, especial, que aunque no tenga esa espontaneidad, aunque no salga naturalmente, puede surgir por la fuerza que viene de él.

Sería un error pensar que amar así es hipocresía, como algunos dicen, sino que es amor de caridad, viene de Dios porque de nosotros no sale, porque nosotros finalmente nos transformamos en un puente entre el amor de Dios y los demás. Viene de Dios porque a nosotros no nos sale así como a veces quisiéramos que nos salga.

¿Qué podemos hacer entonces con el que no es amable o se portó mal con nosotros, o sea, el que de alguna manera se transforma en nuestro enemigo, en alguien que nos cuesta mucho amar? Muchas cosas, podemos probarlo hoy mismo, por ejemplo, rezando por ellos, saludando, bendiciendo, hablando bien de ellos o, por lo menos, no hablando mal, no devolviendo mal por el mal, no negando algo que nos pida…

«Ser misericordioso como el Padre es misericordioso»: esa es la manera de ser bienaventurado, de ser feliz, como nos proponía Jesús el domingo pasado. Si alguien nos pregunta hoy qué es ser cristiano, bueno, no lo mandemos a leer el Evangelio únicamente de hoy, sino que podemos demostrarlo con nuestra propia vida, amando como él nos pide y amando porque él nos ayuda a amar.